Entrada 1: Decisión de tomar medicación para bajar de peso

Siempre he tenido problemas con el peso. Si echo la vista atrás, creo que todo comenzó cuando me llegó la menstruación por primera vez. Hasta los 11 años mi cuerpo era “normal”, equilibrado, sin grandes preocupaciones. Pero después de ese momento, recuerdo unas vacaciones en Arica con unos tíos, y al volver, había subido al menos 12 kilos. Estaba rodeada de adultos, muy controlada, sin espacio para amigos o para jugar. Lo único que me quedó fue comer.

Desde entonces, mi relación con el cuerpo ha sido un vaivén. Subidas y bajadas. Adolescencia con mucho acné, diagnóstico de ovario micropoliquístico a los 14 años, pastillas anticonceptivas desde entonces. Siempre “regordeta”, nunca clínicamente obesa, pero jamás en paz con mi imagen. A los 17 ya sentía que había adquirido una disforia corporal importante.

Durante la universidad abusé del alcohol y de la comida. Comía descontroladamente y luego hacía dietas extremas o me provocaba el vómito. Las fotos de esos años muestran extremos: muy flaca o con varios kilos de más, pero nunca en equilibrio. Incluso en mis etapas más delgadas, me sentía gorda.

Fui madre, me casé, y al final del embarazo quedé con mucho sobrepeso. Hice la dieta cetogénica y funcionó: volví a un peso que me hizo sentir bien. Pero llegó el estallido social en 2019, Lucio era aún muy pequeño, y el estrés emocional me empujó nuevamente a comer sin control. Luego la pandemia, el diagnóstico de cáncer de ovario de mi mamá, su operación, la estomía… Todo eso me quebró. La comida fue mi refugio, mi castigo, mi consuelo. Nunca fue nutrición.

En agosto del 2022 mi mamá murió. Fue uno de los dolores más profundos que he vivido. Una depresión oscura me envolvió. Me cambié de trabajo ese mismo año, intentando seguir adelante, y han pasado ya casi tres años. Recién ahora siento que ese dolor se aquieta un poco. Pero mi cuerpo está lleno de cicatrices invisibles: lo he castigado con comida, con ayunos, con dietas desesperadas. Hoy peso 98,5 kilos. Nunca había llegado a este punto.

Durante mucho tiempo creí que podía sola. Que era solo cuestión de fuerza de voluntad. Pero entendí que no. Que hay algo más: ansiedad desbordante, desórdenes hormonales, una mente agotada. Mi cuerpo me pide ayuda. Mis rodillas ya lo dicen. Y aunque me cueste admitirlo, hoy reconozco que no puedo sola. Y en esa aceptación también hay un acto de amor.

Hoy, 09/05, inicio un tratamiento con Saxenda.
Con esperanza. Con miedo. Pero también con decisión.


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